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...o këmamëll, voz del mapudungún: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

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sábado, 25 de abril de 2020

Las mañanas de sol

Desde hace varias semanas se mudó al conurbano. Vive ahora en el pequeño cuarto interno de una pensión al que la han confinado sus patrones que ya no la quieren trabajando en su casa con cama adentro.
Todas las mañanas se dirige al super y se coloca  en la fila cuidando de tomar los dos metros reglamentarios de distancia que la separe de la persona de adelante.
Durante la espera, el malestar que manifiesta cada integrante de la fila va en aumento.
Ella, como en un rito de alabanza, inclina su cabeza hacia el este, se corre imperceptiblemente el  improvisado barbijo, cierra los ojos y se deja bañar por la tibieza del sol.

(Nadie se da cuenta pero  en ese acto guarda un inocente gozo, un momento único en su corazón).

Cuando le llega el turno, en vez de entrar al comercio, se retira, tal vez con una excusa que nadie advierte.
En el camino de regreso al lugar donde habita, se detiene en el comercio cuyo empleado va depositando en un cajón restos de frutas, verduras y hortalizas que rechaza la clientela.
Ella, aprovechando la distracción de todos, manotea lo que puede.

(Experimenta ahora momentos de angustia que le oprimen el pecho. De esto tampoco nadie se da cuenta).

martes, 26 de febrero de 2019

Cine de ventanilla.

En algún comercio de la ruta 7, entre Ingeniero Pablo Marín y Las Malvinas, muy cerca de la banquina, montaron el escenario de un predicador que vocifera a pesar del micrófono.
La gente sentada prolijamente en filas de sillas de plástico blancas, escucha atenta, o eso parece, porque el 410 o ex 57 en el que viajamos pasa tan a 90 que sólo permite una visión fugaz y despeina a los espectadores, al toldo del escenario, a la voz distorsionada de quien predica.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Acoso silencioso.

Andén de estación ferroviaria, dos de la tarde.
Una mujer consulta su celular.
Un gendarme se coloca detrás de ella y, a una distancia prudencial, observa la pantalla del dispositivo ajeno. Agudiza la vista para leer.
La mujer levanta la cabeza, gira levemente. El gendarme se aleja unos centímetros. Mira de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba a la mujer varias veces, siempre detrás de ella.
Uno de la misma fuerza pero más joven, a diez metros, lo mira. El mayor lo descubre, le guiña un ojo y le sonríe.
La mujer gira como para buscar a alguien  y vuelve a su celular.

[Se repiten las acciones: de la mujer, del gendarme espía,  del gendarme con cara de niño, casi con idéntica sincronicidad]

El gendarme más grande decide acortar distancia con el más joven, se le acerca a paso aborcegado. Hasta que aquél no le murmura a éste "no me dejó leer la hija de puta", toda la escena se desarrolla en absoluto silencio.

Patricia Morante. 7 de marzo. Oeste del conurbano bonaerense.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Microborrador.

Amante de calidad.

Para poder olvidarlo empezó a romper una a una las imágenes de él que tan celosamente había coleccionado. Cuando tuvo una buena pila de papeles triturados encendió la licuadora. En escasos centímetros cúbicos de agua fue colocando, de a poco, los trozos de papel.
Tomó las bandejas para reciclar y llenó cada una hasta donde le dictó la discreción. Esperó el tiempo indicado, canturreando distraídamente en sus idas y vueltas por todos los ambientes de la casa.
Una vez que consideró oportuno revisar los resultados de esa pasta amorfa, se acercó lentamente. Como por las piezas de un museo posó su mirada por cada uno de los diez recipientes. Alli estaban: el ojo derecho y mechones de su cabello, el ojo izquierdo y los dedos de una mano, la boca sonriente, el ojo y parte del entrecejo, la boca y el mentón, el ojo, la boca, el ojo, la boca...
Tuvo que resignarse a no olvidarlo. Indudablemente el papel de excelente calidad no colaboró.

viernes, 2 de julio de 2010

De indiferencias e infidelidades.

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Haga como si nada hubiese pasado.
Un hombre discute acaloradamente con su esposa. En realidad es ella la que eleva su temperatura corporal reprochando, despotricando y gritando. Que los hijos, que la indiferencia, que su amante, que la mascota, que la pintura descascarada en toda la casa, que las colecciones que ocupan todos los espacios, que el baño mojado, que las toallas fuera de su sitio, que el dinero malgastado, que la suegra con la oreja útil pegada a la puerta...
El hombre comienza a escuchar el enérgico discurso de su esposa. Exactamente cuando ella va por la décima palabra, un sopor incontrolable se apodera de él. Los chillidos de la mujer se han metamorfoseado en acariciante canción de cuna. El hombre baja los párpados y emite, similar a una letanía, un ronquido, el primero en la sucesión infinita que acompañará las horas de penumbra y profundidad.
Cuando despierta, luego de seis horas, se halla renovado. La Providencia se ha encargado de que sueñe bonito, de que la música de su grupo favorito lo acompañe hasta el preciso momento en que decide levantar nuevamente los párpados.

Ahórrese las flores.
Un hombre sale puntualmente de su oficina. Pasa por el puesto de flores y compra un ramo bien colorido para su esposa. Cuando en la intersección de dos avenidas se produce un embotellamiento, baja rápidamente del taxi y camina las cuatro cuadras que le quedan para llegar a su casa. Mientras sube al primer piso se percata de que él vive en una planta baja. Se le nubla la visión, se confunde. La escalera y el pasillo le resultan, de todos modos, muy familiares. Un aroma de glicinas le despierta todos los sentidos. Recuerda al amigo que mantiene desde la más tierna edad. Se da cuenta de que en realidad ha llegado hasta la puerta de la casa de éste. Una alegría imprevista se apodera de él cuando escucha los pasos que se dirigen a atender su llamado, reconoce en ellos unos tacones de juventud...
Es ahora el olor a alcohol etílico el que lo hace recapacitar. Está recostado en el sillón. Alguien le aflojó la corbata y le quitó los zapatos. Las flores que traía consigo están dispuestas prolijamente en un jarrón. Su esposa está frente a él. Ha cambiado considerablemente su aspecto físico desde que se despidió de ella esta mañana.
-No era necesario el ramo, querido-, dice la mujer e inmediatamente aparta los muñequitos y le corta una porción de su flamante pastel de bodas.