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...o këmamëll, voz del mapudungún: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

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domingo, 30 de enero de 2011

Calle Angosta, entre Los Álamos y 9 de julio.

Hoy conocí a Chanchi. Es pequeño. Tiene la piel cobriza y los cabellos rubios. Estaba sentado en un banco de la plaza. ¿Qué digo "sentado"?, estaba tirado de panza.
No aceptó ni las galletitas, ni la gaseosa, ni el queso. Después supe, por las galletitas, que "esas" no le gustaban, que prefería las masitas que tienen "rosita" arriba.
Chanchi es un gran conversador y un excelente guía de turismo de la palabra, desde su observatorio, en el banco de la plaza.
Aunque luego del intercambio de las primeras frases, fue abandonando su puesto para hablarme más de cerca.
Por él supe que, efectivamente, la "Calle Angosta" termina en el molino, como dice la canción, pero que ahí también está el boliche de Miranda, como a "diez o veinte cuadras para adentro".
La pintura que está en el paredón de la esquina, ni bien uno entra a la calle, la hizo la mujer que vive "ahí" y es amiga de su mamá.
El vagón de tren que está depositado en la plaza es lindo para meterse abajo y sacar las piedritas que hay para poder jugar.
En la siesta mercedina las aves se clasifican en "pajaritos", "palomas" y "tulcones", estos últimos son los más grandes. Abriendo mucho los ojos me lo dijo.
Además me comentó algunos asuntos personales:
Que va a comenzar primer grado junto con su primo y en la misma escuela, que guardó su guardapolvito de jardín y que, cuando pase a segundo, le van a regalar la bicicleta.
Él ese día estaba en la plaza porque había ido a lo de Blanca a comprar dos globos, uno para él y otro para su hermano más chico, pero encontró "cerrado". Tenía en sus manos una billetera pequeña con una moneda de 25 y la foto de otro de sus hermanos, el que tiene 12 para 13, el dueño de la billetera. El que tiene 11 para 12 es un maricón porque llora por nada.
Su papá va a verlos los viernes...
Chanchi sabe leer pero no quiere demostrarlo porque se cansa mucho. Lo que sí demostró, con un palito en la tierra de la plaza, es que sabe escribir su "verdadero nombre"...
Además me informó cuántos perros tenía la familia "ésa", la que habita la casa que está pegadita a la plaza.
Cuando nos despedíamos me pidió una moneda...
-¡Ahora voy a comprar cuatro globos!-, me gritó cuando me retiraba.

Clickeen aquí, si quieren obtener más datos sobre Calle Angosta o sienten curiosidad por su historia. Yo creo estar bastante bien informada.
Si vuelvo a ir a Villa Mercedes en verano, indudablemente pasaré por la plaza a la hora de la siesta...

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Calle angosta, calle angosta,
la de una vereda sola.
yo te canto porque siempre
estarás en mi memoria.

Sos la calle mas humilde
de mi tierra mercedina,
en los “alamos” comienzas
y en el “molino” terminas.

Calle angosta, calle angosta,
si me habran “ladrau” los “chocos”
un tun... tun... ¿quién es? ya estaba
a dos “picos” la tonada.
Calle angosta... calle angosta,
la de una vereda sola.

Tradicionales boliches,
don Manuel y los Miranda,
frente, cruzando las vías,
don Calixto . . . casi nada!

Cantores de aquel entonces
allí en rueda se juntaban
y en homenaje de criollos
siempre lo nuestro cantaban

José a. Zavala.





miércoles, 26 de enero de 2011

Herramienta de José Zarzur. (Los ojos del Islam).

Las palabras son recursos desesperados
para que no nos dejen de querer;
para saltar los cerrojos de la celda
o blandir una espada
terrible y sagrada
(de palabras)
contra las puertas de la muerte
y desplomarla.

En el tumulto somnoliento y despiadado,
para pisar descalzo, indemne, sobre brasas
son las frescas palabras;
o andar sobre el estiércol
o sobre alfombras blandas
o asirse como a lianas
y brincar en el aire de las águilas.
(¡Ah, las palabras!).

¡Ah, las palabras!,
como alaridos de piedra
para decir la injusticia y el horror
irreversibles;
para invocar la música y cantar
sobre la hoguera;
las que dibujan una a una
en el aire, con el dedo, las letras
que alivian, alumbran y salvan;

las palabras son recursos desesperados,
benignos y sagrados para templar el hielo
y atravesar por ciénagas de silencio
o de miedo,
y andar firme y sereno
sobre una alfombra de caimanes como
por encumbrados cielos.

¡Ah, las palabras!
para emplumar de seda
el aire desgarrado de vivir
y la vida de mar de piedra
que nos queda.


Los ojos del Islam. (Entre las rejas y el cielo) de José Zarzur es un libro que me fue obsequiado en la Biblioteca Popular "Camino del Inca de Uspallata" de Mendoza una tarde en que buscaba autores locales. Obtuvo el primer premio en el Certamen Vendimia de Poesía 2004 y contiene poemas realmente bellos.
"Es mendocino por adopción", expresó la bibliotecaria al entregármelo, "espero que te guste"...
...¡Y me encantó!

jueves, 9 de abril de 2009

TOQO


Lo conocí en Humahuaca en enero de 2007. En realidad, intercambié una pocas palabras con él. Hoy siento un poco de vergüenza por haber pasado tan raudamente, tan "turísticamente" por esa hermosa ciudad: por su biblioteca, su museo, su plaza, sus monumentos, su gente...

El nombre en quechua de Sixto Vázquez Zuleta fue descubierto por mí recién en mi regreso a casa. Había hablado con él pero no había reparado en él.

Era un mediodía caluroso en esa ciudad situada a 2939 metros sobre el nivel del mar. Ya habíamos subido al monumento de los Héroes de la Independencia, ya habíamos tomado infinidad de fotografías.



Al pasar por la puerta del Museo Folclórico Regional, decidimos entrar, antes de buscar un lugar para almorzar. Creo que pensé que estaban por cerrar o lo leí en algún cartel, entonces realicé una mirada general de la antesala, con la seguridad de que me perdería detalles muy interesantes.
Un señor me recibió. Nos dijimos: "Buenos días".

Seguí observando. Había libros por doquier, también sobre el mostrador de madera que me separaba del recepcionista.

Recordé que en Tilcara había estado buscando inútilmente la obra poética de Churqui Choquevilca. El hecho de estar observando una biblioteca tan amplia y de darme cuenta de que los libros del mostrador estaban a la venta, pregunté por el autor tilcareño. No recuerdo exactamente las palabras que pronunció el hombre como respuesta, lo que no puedo olvidar hasta el día de hoy es mi desasosiego al escucucharlas. Dijo algo así: -Churqui es un escritor tilcareño, tiene que preguntar por él en Tilcara. Aquí es Humahuaca, tenemos autores humahuaqueños.
Me limité a decir que en una librería tan "nutrida" como esa, había pensado en encontrarlo. Recuerdo que mi mirada recorría rápidamente los libros expuestos.
-Voy a llevar estos dos- expresé. Había elegido uno de cuentos y uno de poesía.
Extendí el dinero, le di las gracias y salí rápidamente.

En el almuerzo, que realizamos en un local muy humilde pero con deliciosa comida, comenté a mis acompañantes lo sucedido dentro del museo, ya que ellos habían presenciado la escena. Mientras dábamos nuestros pareceres, saqué los libros adquiridos de mi bolso para comenzar a verlos, pues quería dejar en claro que los autores humahuaqueños también me interesaban. No había podido decírselo al vendedor, entonces lo repetía y me lo repetía una y otra vez.

Es mi costumbre leer la contratapa de los libros antes de disponerme a abrirlos y recorrer su interior. Lo hice, pues, en ese momento. Entonces me di cuenta. Allí, encabezando el comentario y la biografía estaba él: el recepcionista, el vendedor y, ahora, mi "descubierto" escritor humahuaqueño. En cada contratapa una foto de la misma persona que me había atendido en el Museo...



Me reí de mi estupidez, de haber creído que un recorrido rápido por varios lugares de una ciudad me iban a permitir "conocer", quizás, lo más importante de ella; me reí de haber pensado que en mi búsqueda vertiginosa iba a llegar al meollo de algo... Me reí de la venda que había estado llevando sobre mis ojos. Me reí de mi falta de consideración, de "tacto"...

Conté muchas veces este episodio pero le debía a TOQO esta reflexión. En realidad, a él no le hace falta el reconocimiento de una más de las turistas que pisaron rápidamente el Museo del cual es su fundador y director. Puede prescindir, inclusive, de cualquier galardón porque su orgullo está en haber nacido Coya, en haber viajado mucho y en elegir Humahuaca para establecerse, en respetar su cultura y promoverla a través de sus escritos y del Instituto Cultural Indígena. Su orgullo está en haber sido nombrado "una esperanza para la Nación Argentina" por su maestra de 4to grado, en haber vivido "los años más felices" de su vida como maestro rural...

A TOQO no le hace falta mi reconocimiento, a mí me hace falta, quizás para purgar mis vergüenzas.


miércoles, 1 de abril de 2009

RAMAS EN AJUAR DE ESPINAS...


En octubre de 2008 tuve la oportunidad de estar en la presentación del libro "Caldén" de Gerardo David Curiá, en La casa de la lectura (Lavalleja 924, Bs As). La obra es bella y hace un recorrido poético por la Pampa: su paisaje y su historia, sus habitantes y sus misterios. Está dividida en cinco partes, aquí transcribo uno de los poemas de la segunda.


Huitru

El monte, tambor de potros,

lagunas de sal



Hacia la noche su valentía



We mapu peñi



La distancia,

tiempo en la piel desgarrada



¿Quién hostiga a Huitru?

La soledad sentada sobre las tolderías.



Caiñe caiñe caiñe



En las cuentas del saqueo

dolor por la perdida huella.

Por los ausentes

cruza la derrota

y no es la herida su aliento.



We mapu peñi



¿Por qué los dioses eligen

la forma del árbol

para el descanso de los perseguidos?



Huitru



Bravo en la fuga hasta la sed.

Negra de estrellas es la arena.

Héroe es el desierto



Peñi mapu we



Desligar las ataduras

atarlo a la tierra.

Salvarle la muerte.



Guitu Wuta Chao

Música del viento para el que muere



Guitu Wuta Chao

Golpe seco

cielo sin nubes

y el Dios

es el verbo

la voluntad



Peñi we mapu



Ramas en ajuar de espinas

intemperie,

y en lo profundo

severas falanges

hasta el agua.


Guitu Wuta Chao



En el tronco los caminos del daño



Huitru Pampa

Huitru Caldén.


En enero del presente año visité la provincia de La Pampa y conocí uno de los pocos bosques de Caldén que todavía se conserva, en Parque Luro, a 30 km de Santa Rosa.


El Huitru o Caldén es una especie endémica, y bien merecería ser el árbol nacional.

Escribí respecto del caldén:

"¿Qué tendrá para decir desde su interior el caldén añoso?

¿Cuántas vidas vio pasar desde su firmeza y dignidad?

Con la sequedad a sus pies

y el viento eterno en sus ramas,

espera ofrecer el fruto, desde lo más profundo,

a su alado compañero."


lunes, 16 de febrero de 2009

LA ESQUINA DE LA SEÑAL.

Por Patricia Morante y Luis Aspiazu.

Primero fueron los policías. Este episodio inicial no causó tanta intriga. Un par de agentes en una esquina, en un lugar de vacaciones, es bastante común. Aunque habían estacionado sus modernos cuatriciclos en el medio de la calle como impidiendo el paso de los automóviles, sólo que ellos no parecían controlar nada porque mostraban mucho desinterés hasta en los propios vehículos dándoles la espalda, caminaban hacia delante y hacia atrás sin girar la cabeza. Después de unos minutos se retiraron.
Cuando al tiempo aparecieron el hombre y la mujer en el auto gris y hablaban sin mirarse y gesticulaban levemente, la cosa comenzó a llamar la atención.


Él sacaba una mano por la ventanilla, con lo que parecía un control remoto y apuntaba hacia varios lugares como si quisiera encender su televisor, Ella hacía lo propio desde la otra ventanilla. Luego reían.
Él, después de unos instantes y un poco más serio, la apuntó a ella y ella a él.
No se oyeron disparos. Tampoco volvió la policía. En realidad ninguno salió lastimado. Rieron nuevamente. El hombre puso en marcha su auto y, cuando parecía que se iban del lugar, se detuvieron a cincuenta metros para repetir el ritual anterior. Así procedieron por lo menos tres veces, luego de las cuales se retiraron para volver al día siguiente, aproximadamente a la misma hora.
Lo que realmente sorprendió fue la mujer al pie del poste. Recorría de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba todo lo largo de la columna de luz con su vista, acompañando esta acción con un movimiento de brazo. Mientras tanto a su alrededor se habían congregado unos niños que perseguían una liebre, circunstancia que a la mujer parecía no agradarle demasiado pues sus movimientos comenzaron a ser un tanto más bruscos. Luego se tranquilizó, se rió como satisfecha y se fue.
Una mañana, como novedad, aparecieron dos de mis hermanas y se posaron en lo alto del poste. Con un graznido me invitaron a participar del coloquio que me aclaró lo que sucedía.
-Parece que ahora estos hombres dependen de ese aparatito para sobrevivir- dijo la más vieja.
-¿Qué me cuenta? Por lo menos no nos afecta tanto como cuando se ponen a hacer pavadas en la playa o dejan todos sus desperdicios -intervine, haciéndole creer que conocía el tema.
-No vaya a creer. ¿No escuchó hablar de la contaminación que producen las empresas de celulares?-expresó la más joven.
-¡No me diga! ¡Quién iba a pensar que, para los humanos, comunicarse tenía costos tan altos!- exclamó la más vieja.
-¿Vio? Pero la mayoría no se da cuenta de nada. Tienen una gran ignorancia-.
En este punto de la conversación me limité a escuchar. Me sentía con muy pocos conocimientos como para intervenir.
-Sí, además se los ve tan indefensos por su carencia de sensibilidad a los campos magnéticos- dijo la más experimentada.
-Cierto, nunca podrían aventurarse solos, como lo hacemos nosotras- y le brillaron los ojos mirando hacia el horizonte a la más joven.

-Me dan pena estos humanos. Inventan cosas cada vez más sofisticadas que sólo les producen mayor dependencia.
-Vea, si este balneario estuviera a más de diez minutos de nuestro vuelo, ningún turista vendría a disfrutar de la naturaleza aquí existente.
-Es verdad, no se sienten libres a más de treinta kilómetros de eso que llaman antena-Sentenció la mayor.


Y enseguida levantamos vuelo, graznando de alegría, mientras la mujer, al pie del poste nos propinaba insultos, siempre gesticulando y sin soltar su aparatito, pues la más joven de mis hermanas le dejó su “espesa y caliente crítica” desparramada en el cabello.