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...o këmamëll, voz del mapudungún: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

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jueves, 21 de mayo de 2020

Sabiduría

Fue hace mucho tiempo pero el recuerdo sigue nítido como casi todo lo que en aquella época nos sucedió.
A mí la infancia se me presenta hoy como un comedor con la puerta abierta por la que entra toda la luz del mediodía. O un colecho donde nos arrebujábamos para leer antes de dormir.
Todavía me suceden los olores, las voces, las imágenes y sobre todo, las palabras. Letras grandes, nombres de países y de continentes en hojas que íbamos dando vuelta a medida quedaba aprobada la lectura. El método que usó mi madre para enseñarme cuando yo insistía en querer devorarme las leyendas de la calle por los ojos.
Los detalles, las equivocaciones, las risas, las dificultades están en un lugar dilecto de mi corazón. Son poesía callada y pura.
Ciertamente con el último país me emancipé del atlas y rápido tomé las riendas de mi vida lectora. Empecé a viajar sola.

Después de casi cincuenta años mi madre llega con un budín y un libro. Compartimos bastante seguido las delicias que ella insiste en convidarme, su ofrenda; lo hemos estado haciendo siempre pero creo que no habíamos vuelto a leer juntas desde el '71.

Ella abre un libro y me advierte que todo lo que allí se dice es verdad y yo pienso aunque no se lo digo: -madre, con muchas cosas pero especialmente cada vez que abrís un libro a mí se me hace la verdad.




Fotos Tolhuin. Lectura de  Los Cuatro Acuerdos de Miguel Ruiz





https://www.youtube.com/watch?v=cz0nHtC0ib8


miércoles, 15 de mayo de 2019

Por dónde, la risa.

Mi madre me cuenta que estuvo visitando a una vieja conocida.
Pasó por su casa hace dos meses y le informaron que estaba en un geriátrico y que tenía Alzheimer.
Me cuenta que decidió visitarla casi todos los fines de semana y que el último día que la vio estaba muy triste y tenía tos.
Mi madre me relata cada visita, cada diálogo, cada compartir y me dice que ella nunca la reconoce, que pide por su hija, que se deja cortar las uñas, que le gustan las masitas que le lleva.
-No me reconoce pero me sonríe- y me muestra una foto que se hizo tomar por un enfermero.
Mi madre se va entristeciendo mientras transcurre su propio relato.
Y es que la última vez que fue a la institución le informaron que ella había sido trasladada a una clínica porque su salud había empeorado pero no le quisieron dar más datos.
Mi madre me cuenta que estuvo casi una semana yendo a la casa del hijo, en busca de información y que recién hoy encontró a su nuera.
-Falleció aquella tarde, cuando fui la última vez- y contiene el llanto.
Hacemos el duelo sobre la mesa de la merienda, entre escasas palabras, silencios, caricias y lágrimas que por fin aflojan.
-Nunca se acordó de mí pero el día que le pregunté si sabía quién era yo me contestó: "una mujer muy buena".
Mi madre cuenta y llora, hace el duelo confiándonos a sus hijas sus emociones.
Calienta el agua para el mate. Cambia de tema.
Ahora le brillan los ojos de recordar otras charlas y circunstancias.
Luego se ríe de algo que le dijo su médico. Se ríe de la vida, de las ocurrencias...
Celebra las visitas  que, sin ser su pariente, ni su hermana, ni siquiera su amiga, le hizo a esa mujer que nunca la reconoció.

Mi madre se ríe por el amor.

viernes, 27 de abril de 2012

Tío polilla.

Aquella madrugada de verano, cuando mi madre me anunció por teléfono que su hermano se había ido..., me sentí muy triste, como era natural que sucediera. -Ésta es la muerte más dolorosa, la de mi hermano- me dijo.
Me subí al auto y me dirigí hacia la casa de ella.
Cuando había recorrido algunas cuadras, se cruzó una polilla delante de mis ojos, es decir, dentro del vehículo. Dio un par de vueltas, se posó en la luneta y terminó, luego de un revoloteo más,  en mi flequillo, con lo cual podía percibirla muy cerca. Me causó risa.
Como iba pensando en mi tío, hice una asociación con episodios graciosos vividos con él, con su buen humor, con su afán de que las fiestas sean realmente divertidas, con sus chistes, sus bailes, sus disfraces, sus juegos de palabras y sus gags.
-¿Qué hacés acá?- pregunté a la polilla y bajé el vidrio del auto. Ella, volvió a pasar delante de mis ojos, se posó unos segundos en el borde de la ventanilla y luego salió, desapareciendo en el aire nocturno.

He aquí, la razón de mi dedicatoria: PrOblEMA