"Me
llamo Roberto Godofredo Cristoperser Arlt, y he nacido en la noche del
26 de abril de 1900, bajo la conjunción de los planetas Mercurio y
Saturno. Esto de haber nacido bajo dicha conjunción es una tremenda
suerte, según me dice mi astrólogo, porque ganaré mucho dinero. Mas yo
creo que mi astrólogo es un solemne badulaque, dado que hasta la fecha
no tan sólo no he ganado nada, sino que me he perdido la bonita suma de
diez mil pesos.
Además, por la
influencia de Saturno aquí habla mi astrólogo tengo que ser melancólico y
huraño, y no sé cómo hacer para estar de acuerdo con dicho señor y mi
planeta, ya que colaboro en una revista que es humorística y no
melancólica.
Ahora bien: Como el señor Director de Don Goyo me ha
asegurado que hasta de Kublatrán y la Nigricia recibe cartas pidiéndole
detalles de mi maravillosa existencia, no tengo inconveniente en
complacer a tantas lectoras lejanas.
He sido un enfant terrible.
A los nueve años me habían expulsado de tres escuelas, ya tenía en mi haber estupendas aventuras que no ocultaré..." **
**Fragmento de su primera autobiografía, publicada en Don Goyo días después de editada su primera novela El juguete rabioso. Autobiografías
humorísticas, Revista Don Goyo, nº 63, 14 de diciembre de
1926. [Más Info]
La notas publicadas en Don Goyo se han reunido en El
resorte secreto y otras páginas, con prólogo de Guillermo García (Simurg, Buenos Aires, 1996).
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...o këmamëll, voz del mapudungún: "corazón del árbol", el centro, el meollo...
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domingo, 26 de abril de 2015
jueves, 28 de mayo de 2009
Creación colectiva. Acto II.
Continuación...
El mismo ambiente pero con las luces a pleno.
Van entrando los empleados. Primero, Ernestina, quien se dirige al escritorio. Se sienta y compulsivamente se pone a escribir a máquina.
Luego, tres empleados se disponen a arreglar un poco la ropa de los percheros.
Entra el jefe muy ofuscado. **
Jefe:-¡Buenos días, señores!
Ernestina:-Bue...buenos días. (temerosa)
Empleados:-Buenos días, señor.
Jefe:-No tengo ninguna noticia grata para ustedes. ¿Escucharon?(levanta la voz) ¡Ninguna!
Es sabido que, desde hace algún tiempo, se han estado cometiendo una serie de robos, quizás poco significativos...pero lo que hemos descubierto ayer, luego de un minucioso análisis, es vergonzoso.(camina alrededor de los empleados) Se han robado nada más y nada menos, y en pocos días, tresssssss sobretodos de esta misma sección. ¿Escucharon?...tressss sobretodos.
Ernestina:-Pero, señor, nosotros no podríamos robar nunca tres sobretodos. Es imposible sacarlos... salir con ellos del local.(con timidez)
Jefe:-¿Quiere decir que pueden robar cualquier cosa pequeña pero no un sobretodo? Lo que es peor...intentaron sacar de aquí un sobretodo...(irónico)
Ernestina:-No, no señor...es que...
Jefe:- (interrumpiendo a Ernestina)Veo que no tiene argumento señorita Ernestina... A ver...cada sobretodo tiene un valor de 120 dólares, lo que da un total de 360...dividido cuatro: 90 dólares por empleado.
Empleada 1:-¿Dólares?...¿dólares? Pero...¿dólares? (levantando el volumen cada vez)
Jefe:-Son artículos importados, jeje.(haciéndose el gracioso)
Ernestina:-Pero, señor, a nosotros también nos roba, a nosotros que somos más pobres que las ratas. Ayer, nomás, me olvidé un sobre con dinero y ahora encuentro el sobre vacío.(con gran pesadumbre)
Jefe:-Ese es un asunto personal. ¿Está segura de que no lo perdió, señorita? o...lo gastó (evasivo)
Ernestina:-Señor...estoy...
Jefe:-(interrumpiendo nuevamente)¡Bien! 90 dólares, entonces. (sale por la derecha)
Empleado :-¡Señor! ¿Podemos pagar en patacones o lecop? Y...¿uno a uno?
Ernestina:-¡90 dólares! (furiosa)Nada más ni nada menos. Como si un empleado de esta sección estuviera tan bien asalariado como para desembolsar así como así esa suma de dinero.
Ese cretino nos está robando a todos...(pensativa) y a nosotros que somos más pobres que las ratas.
Algo tengo que hacer, quiero descubrirlo, saber quién es el miserable. No saben quién es Ernestina, con quién se metieron.(amenazante)
¿Cómo?(abre el cajón de su escritorio) ¿Qué es esto? ¿Dónde está la medialuna que dejé ayer?¡Ah! ¿Si? ¡Con que también se come mis medialunas! Esto sí que no lo puedo tolerar.¡Mis medialunas no ¿eh?
¿Medialunas? Jaja.(enloquece)
Empleada 2:-¿Qué te pasa, Ernestina? ¿Te has vuelto loca por lo que dijo el jefe?
Ernestina:-¿A vos no te molesta pagar lo que otros roban?(agresiva) ¿O sabes algo de los sobretodos?(inquisitiva, como el jefe)
Empleada 2:-¡No! ¡Yo no sé nada!. Vos misma se lo dijiste al jefe: es imposible salir de esta sección con un sobretodo y menos con tres. (con temor)
Ernestina:- Aquí hay algo extraño...Quizás el ladrón tenga un cómplice...creo, además que entra cuando nosotros no estamos. (meditativa)
Empleada 2:-¿Cómo puedes estar segura? Escucha...lo del dinero que te falta ¿es cierto? ¿o lo inventaste?
Ernestina:-Es cierto, es cierto. Hay muchas cosas que son ciertas... Muchas cosas que sólo yo sé... y otras que descubriré muy pronto...(misteriosa)
**Nota: Cuando construimos esta escena, no se nos escapó la situación crítica que se vivía en nuestro país en ese momento. Vimos en el jefe alguien que se aprovechaba de unos pobres empleados (más pobres que las ratas, como dice Ernestina) para salvar su propia situación y el desconcierto de los trabajadores.
El mismo ambiente pero con las luces a pleno.
Van entrando los empleados. Primero, Ernestina, quien se dirige al escritorio. Se sienta y compulsivamente se pone a escribir a máquina.
Luego, tres empleados se disponen a arreglar un poco la ropa de los percheros.
Entra el jefe muy ofuscado. **
Jefe:-¡Buenos días, señores!
Ernestina:-Bue...buenos días. (temerosa)
Empleados:-Buenos días, señor.
Jefe:-No tengo ninguna noticia grata para ustedes. ¿Escucharon?(levanta la voz) ¡Ninguna!
Es sabido que, desde hace algún tiempo, se han estado cometiendo una serie de robos, quizás poco significativos...pero lo que hemos descubierto ayer, luego de un minucioso análisis, es vergonzoso.(camina alrededor de los empleados) Se han robado nada más y nada menos, y en pocos días, tresssssss sobretodos de esta misma sección. ¿Escucharon?...tressss sobretodos.
Ernestina:-Pero, señor, nosotros no podríamos robar nunca tres sobretodos. Es imposible sacarlos... salir con ellos del local.(con timidez)
Jefe:-¿Quiere decir que pueden robar cualquier cosa pequeña pero no un sobretodo? Lo que es peor...intentaron sacar de aquí un sobretodo...(irónico)
Ernestina:-No, no señor...es que...
Jefe:- (interrumpiendo a Ernestina)Veo que no tiene argumento señorita Ernestina... A ver...cada sobretodo tiene un valor de 120 dólares, lo que da un total de 360...dividido cuatro: 90 dólares por empleado.
Empleada 1:-¿Dólares?...¿dólares? Pero...¿dólares? (levantando el volumen cada vez)
Jefe:-Son artículos importados, jeje.(haciéndose el gracioso)
Ernestina:-Pero, señor, a nosotros también nos roba, a nosotros que somos más pobres que las ratas. Ayer, nomás, me olvidé un sobre con dinero y ahora encuentro el sobre vacío.(con gran pesadumbre)
Jefe:-Ese es un asunto personal. ¿Está segura de que no lo perdió, señorita? o...lo gastó (evasivo)
Ernestina:-Señor...estoy...
Jefe:-(interrumpiendo nuevamente)¡Bien! 90 dólares, entonces. (sale por la derecha)
Empleado :-¡Señor! ¿Podemos pagar en patacones o lecop? Y...¿uno a uno?
Ernestina:-¡90 dólares! (furiosa)Nada más ni nada menos. Como si un empleado de esta sección estuviera tan bien asalariado como para desembolsar así como así esa suma de dinero.
Ese cretino nos está robando a todos...(pensativa) y a nosotros que somos más pobres que las ratas.
Algo tengo que hacer, quiero descubrirlo, saber quién es el miserable. No saben quién es Ernestina, con quién se metieron.(amenazante)
¿Cómo?(abre el cajón de su escritorio) ¿Qué es esto? ¿Dónde está la medialuna que dejé ayer?¡Ah! ¿Si? ¡Con que también se come mis medialunas! Esto sí que no lo puedo tolerar.¡Mis medialunas no ¿eh?
¿Medialunas? Jaja.(enloquece)
Empleada 2:-¿Qué te pasa, Ernestina? ¿Te has vuelto loca por lo que dijo el jefe?
Ernestina:-¿A vos no te molesta pagar lo que otros roban?(agresiva) ¿O sabes algo de los sobretodos?(inquisitiva, como el jefe)
Empleada 2:-¡No! ¡Yo no sé nada!. Vos misma se lo dijiste al jefe: es imposible salir de esta sección con un sobretodo y menos con tres. (con temor)
Ernestina:- Aquí hay algo extraño...Quizás el ladrón tenga un cómplice...creo, además que entra cuando nosotros no estamos. (meditativa)
Empleada 2:-¿Cómo puedes estar segura? Escucha...lo del dinero que te falta ¿es cierto? ¿o lo inventaste?
Ernestina:-Es cierto, es cierto. Hay muchas cosas que son ciertas... Muchas cosas que sólo yo sé... y otras que descubriré muy pronto...(misteriosa)
**Nota: Cuando construimos esta escena, no se nos escapó la situación crítica que se vivía en nuestro país en ese momento. Vimos en el jefe alguien que se aprovechaba de unos pobres empleados (más pobres que las ratas, como dice Ernestina) para salvar su propia situación y el desconcierto de los trabajadores.
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martes, 26 de mayo de 2009
Creación colectiva. Acto II
Cuadro1.
Ropería de hombres y mujeres. A la izquierda, un escritorio antiguo. Sobre el mismo una máquina de escribir. A la derecha, un perchero de tienda del que penden en forma ordenada abrigos de hombre, corbatas, etc.
En segundo plano un probador.
Se encienden unas pocas luces para que la escena quede en penumbras.
Entra el sereno lentamente y seguro de sí mismo. Hace una recorrida por el salón de ventas. Escudriña debajo del escritorio. Abre un cajón, saca un sobre, mira adentro, luego de un gesto de sorpresa guarda un dinero hallado allí (puede expresar algo brevemente como: -¡Oh, diez patacones! o ¡Papita para el loro!). Encuentra una medialuna y sin preocupación o apuro alguno coloca una silla en medio de la escena, se sienta y disfruta lentamente comiendo (Se escucha de fondo "Stabat mater" de Rossini).
Una vez satisfecho, se limpia las manos en su propia ropa. Se dirige al perchero y se limpia la boca con una corbata. Sale lentamente. **
**Nota: esta escena obligó a tener siempre medialunas para compartir en los encuentros en los que ensayábamos. Cuando repetíamos la escena el alumno-actor-sereno me decía:-Profe, ya no quiero más medialunas-. Entonces los demás tenían la excusa para terminar con lo que quedaba. Todos disfrutábamos de esa escena parsimoniosa acompañada de música clásica (se puede escuchar en este mismo blog, sobre la derecha). A veces se creaba un poco de ansiedad pero cuando presentamos la obra fue una de las escenas que se consideró más acertada. No olvidemos que en teatro es tan importante lo que se dice como los "silencios". En este caso lo que el sereno no decía, simplemente porque estaba comiendo, creaba gran expectativa. Un personaje seguro de sí mismo, que se toma su tiempo para comer y que luego muestra total despreocupación limpiándose en las prendas que son para vender. Además nos remite a lo que Ernestina le decía a su hermano respecto del robo de dinero personal...¿cómo continuará?.
Ropería de hombres y mujeres. A la izquierda, un escritorio antiguo. Sobre el mismo una máquina de escribir. A la derecha, un perchero de tienda del que penden en forma ordenada abrigos de hombre, corbatas, etc.
En segundo plano un probador.
Se encienden unas pocas luces para que la escena quede en penumbras.
Entra el sereno lentamente y seguro de sí mismo. Hace una recorrida por el salón de ventas. Escudriña debajo del escritorio. Abre un cajón, saca un sobre, mira adentro, luego de un gesto de sorpresa guarda un dinero hallado allí (puede expresar algo brevemente como: -¡Oh, diez patacones! o ¡Papita para el loro!). Encuentra una medialuna y sin preocupación o apuro alguno coloca una silla en medio de la escena, se sienta y disfruta lentamente comiendo (Se escucha de fondo "Stabat mater" de Rossini).
Una vez satisfecho, se limpia las manos en su propia ropa. Se dirige al perchero y se limpia la boca con una corbata. Sale lentamente. **
**Nota: esta escena obligó a tener siempre medialunas para compartir en los encuentros en los que ensayábamos. Cuando repetíamos la escena el alumno-actor-sereno me decía:-Profe, ya no quiero más medialunas-. Entonces los demás tenían la excusa para terminar con lo que quedaba. Todos disfrutábamos de esa escena parsimoniosa acompañada de música clásica (se puede escuchar en este mismo blog, sobre la derecha). A veces se creaba un poco de ansiedad pero cuando presentamos la obra fue una de las escenas que se consideró más acertada. No olvidemos que en teatro es tan importante lo que se dice como los "silencios". En este caso lo que el sereno no decía, simplemente porque estaba comiendo, creaba gran expectativa. Un personaje seguro de sí mismo, que se toma su tiempo para comer y que luego muestra total despreocupación limpiándose en las prendas que son para vender. Además nos remite a lo que Ernestina le decía a su hermano respecto del robo de dinero personal...¿cómo continuará?.
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miércoles, 20 de mayo de 2009
Creación colectiva. Acto I
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS.
Creación colectiva. **
Autores: Carolina Pagano, Ignacio Cristau, Cristian Aguirre, Yanina Sosa, Bárbara Gil, Luciana Ladino, Sebastián Viñolo, Lucas Muñoz, Ezequiel Sánchez, Ana Paula Córdoba, Juan Cristau y Patricia Morante.
Creación colectiva. **
Autores: Carolina Pagano, Ignacio Cristau, Cristian Aguirre, Yanina Sosa, Bárbara Gil, Luciana Ladino, Sebastián Viñolo, Lucas Muñoz, Ezequiel Sánchez, Ana Paula Córdoba, Juan Cristau y Patricia Morante.
Acto I
Casa de Ernestina. Cocina humilde pero muy pulcra donde se acentúan los femeninos detalles.
En el centro de la escena una mesa con mantel y dos sillas. Ernestina va y viene preparando un termo y un paquete con medialunas.
En segundo plano, pero visible, una bolsa para la feria de la que sobresalen algunas verduras.
José (entra por la derecha y busca algo):- Ernestina...¿no ha venido el cadete del laboratorio fotográfico a traerme un paquete?
Ernestina (reaccionando, con gran énfasis en lo que dice):-¡No me hables! ¡Flor de susto me ha dado el muchacho! No suele venir tan temprano ¿o sí?
José (se sienta. Con tono explicativo):- No. Lo que ocurre es que debió venir ayer, por la tarde, pero una huelga de estatales hizo que todos asistieran a la manifestación.
Ernestina (interrogativa):-Pero...no entiendo.¿Que tienen que ver los empleados de "Casa de fotografía Almirón"? ¿Acaso son estatales?
José (ríe):- no, estaban fotografiando el acontecimiento...bueno (con ansiedad) pero ¿dónde está el encargo?
Ernestina (volviendo al entusiasmo del relato. Se sienta para hablar):-¡Ah! Como te contaba: menudo susto me llevé. Cuando volvía de la feria, en medio de la niebla...¿te has dado cuenta de la niebla que hay esta mañana? Cuando estaba colocando la llave en la cerradura, de pronto, alguien depositó su pesada mano sobre mi hombro. Creí que me desvanecía cuando escuché: "señorita Ernestina, el pedido de su hermano". Pensé: "¡idiota!". Bueno creo que lo dije.
José (bromeando):-señorita Ernestina, ¿donde está mi pedido?
Ernestina (con tranquilidad):-en la bolsa de la feria ¿donde más?
José (se pone de pie y levanta la voz):-¡no! ¡no con los comestibles!
Ernestina (justificándose, con un poco de temor):-¡bueno! ¿Qué pasa? No podía abrir la puerta con tantas cosas en la mano, sólo lo coloqué en la bolsa.
José (con energía, explicando):-¿no sabes que el pedido es el cianuro de potasio que utilizo para los revelados?
Ernestina:- yo pensaba que ese producto ya no se utilizaba, con todos los elementos modernos que existen...
José (explica mientras Ernestina se pone de pie para buscar la bolsa):- está bien que lo traen absolutamente sellado pero hay que extremar las precauciones, es algo que siempre me inculcan en el trabajo. El cuidado se ha transformado en una obsesión para mí. A propósito, ya sabes que mi pasión por la fotografía está más en el revelado que en cualquier otra cosa. Entiende...es como un descubrimiento, como un secreto destapado lentamente.
Ernestina:-creí que te negabas a la modernidad como mi jefe.(Busca y revisa) Toma, toma la bolsa (violentamente).
José (tranquilizándose. Mirando el paquete):-Está bien, no te proecupes, no se ha volcado. Hablando de tu jefe ¿cómo están las cosas en el trabajo?
Ernestina:- bien, sólo que han implementado dos nuevas modalidades.
José (levantando la vista):-¡Ah! ¿Sí?
Ernestina:- Sí alguien ha estado cometiendo ciertos hurtos: medias, corbatas, cinturones...(muy indignada con lo que relata)
José (más concentrado en desenvolver el paquete que en escuchar a Ernestina):-¡Bonita modalidad!
Ernestina:- Sí, pero la segunda, querido hermano, no tiene comparación. Nuestro jefe hace desembolsar el valor de las prendas del bolsillo del caballero y de la cartera da la dama. Para colmo olvidé el sobre con parte del sueldo en mi escritorio.
José:- ¡Bah! ¡Con lo que te paga el miserable!...¿Ves? esto es sumamente peligroso... (muestra en alto un frasco que contiene una calavera).
CONTINÚA...
**Nota: luego de la lectura del cuento homónimo de Roberto Arlt, con algunos alumnos, que pertenecían a un grupo de teatro, formado en la escuela para los Torneos Bonaerenses, decidimos escribir esta obrita para participar. No ganamos el concurso pero nos divertimos mucho.Fue en el año 2002. Con cada entrada voy a ir narrando algunas anécdotas.
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sábado, 16 de mayo de 2009
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS. Roberto Arlt. Primera parte.
Las cinco entradas que siguen pertenecen al cuento "El misterio de los tres sobretodos" de Roberto Arlt. La edición que yo poseo es la de Losada: "Cuentos completos", Buenos Aires, julio de 2oo2. Si lo transcribo aquí es para que conozcan la fuente de un trabajo que realizamos con alumnos de un taller de teatro en el Instituto M.T. de Alvear de Ituzaingó. Fue, precisamente, una creación colectiva basada en el relato del genial autor que daré a conocer más adelante y con algunos detalles del modo de trabajar, de los objetivos, etc.
Cabe aclarar que el autor no dividió su cuento de este modo, yo lo hice así para publicar un episodio cada semana, para quien deseara leer este excelente relato.
Hoy, decido reorganizar las entradas en forma consecutiva para quien quiera releer o leer de una sola vez.
Cabe aclarar que el autor no dividió su cuento de este modo, yo lo hice así para publicar un episodio cada semana, para quien deseara leer este excelente relato.
Hoy, decido reorganizar las entradas en forma consecutiva para quien quiera releer o leer de una sola vez.
De haberse sabido que fue Ernestina la que descubrió al ladrón, probablemente Ernestina hubiera ido a parar a presidio por un largo tiempo de su vida... Nunca pudo ser aclarado el misterio de la oficina. Ateniéndose a los sucesos tal me fueron narrados, podría afirmar que “el enigma de la oficina” fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las entrañas de las grandes ciudades, donde las bagatelas terminan por revestir un contorno de episodio cruento en la conciencia de las personas que a diario se soportan en un ambiente estrecho de trabajo y duro de responsabilidades.
La policía realizó investigaciones superficiales en torno del grave suceso, pero acabó por abandonar la búsqueda del autor o autora, por creer en cierto modo que el asunto no merecía el tiempo que absorbía a las actividades de los funcionarios, ocupados en novedades de mayor trascendencia.
He aquí cómo se gestó el suceso conocido entre los empleados de la “Casa Xenius, ropería para hombres y mujeres, artículos de confección, etc.” bajo el nombre de “El misterio de los tres sobretodos”.
En la oficina de “Expedición al interior” de la casa Xenius comenzaron a desaparecer prendas de vestir.
Un día fue un cinturón, ¡un cinturón sin hebilla!, lo que demuestra que el ladrón echaba mano a lo que podía; otra vez fue un sobre con la suma de doce pesos, olvidado en el cajón de Ernestina; otra vez fue un retazo de seda. Un retazo de un metro, valuado en ocho pesos...
Semejantes robos, mejor dicho, hurtos, traían revuelta a la gente de la oficina. No se trataba de la cantidad en sí, aunque sí se trataba. Los valores que el ladrón substraía, por insignificantes que fueran, estacionaban en la prudencia de los empleados una atmósfera de inquietud. Allí, entre ellos, se encontraba un ladrón o una ladrona. Cada uno era responsable directamente de los artículos recibidos, esto sin dejar de tener en cuenta otro detalle:
Las víctimas de los robos no eran personas a las que se pudiera afectar impunemente en sus intereses.
Todos ellos vivían sobrellevando estrecheces: sus reducidos sueldos les alcanzaban apenas para cubrir sus necesidades más inmediatas. La desaparición de un objeto valuado en cinco o en diez pesos no constituía, precisamente, una desgracia, pero sí desequilibraba desagradablemente el presupuesto del damnificado. Además, aquel que había sido robado pensaba que otro día podría volver a ocurrir semejante accidente, y tal la posibilidad traía alborotado el magín de los empleados, que hasta en sueños se veían reintegrando indemnizaciones de daños que aún no habían sufrido.
No estaban agotados los comentarios sobre el robo del retazo de un metro de seda, ocurrido en la semana anterior, cuando una noticia nueva estalló como una bomba, entre la consternación de todos: ¡Habían desaparecido tres sobretodos!...
El mismo gerente de la casa Xenius no pudo evitar un escalofrío al enterarse.
El robo de tres sobretodos en una casa organizada es motivo más que suficiente para alarmar a los mismos accionistas. Sin embargo, a pedido de los empleados de la sección “Ropería de hombres”, el gerente no dio noticias del escándalo a los accionistas. Los siete empleados de la sección “Ropería de hombres” desembolsaron el importe de los tres sobretodos.
continúa...
He aquí cómo se gestó el suceso conocido entre los empleados de la “Casa Xenius, ropería para hombres y mujeres, artículos de confección, etc.” bajo el nombre de “El misterio de los tres sobretodos”.
En la oficina de “Expedición al interior” de la casa Xenius comenzaron a desaparecer prendas de vestir.
Un día fue un cinturón, ¡un cinturón sin hebilla!, lo que demuestra que el ladrón echaba mano a lo que podía; otra vez fue un sobre con la suma de doce pesos, olvidado en el cajón de Ernestina; otra vez fue un retazo de seda. Un retazo de un metro, valuado en ocho pesos...
Semejantes robos, mejor dicho, hurtos, traían revuelta a la gente de la oficina. No se trataba de la cantidad en sí, aunque sí se trataba. Los valores que el ladrón substraía, por insignificantes que fueran, estacionaban en la prudencia de los empleados una atmósfera de inquietud. Allí, entre ellos, se encontraba un ladrón o una ladrona. Cada uno era responsable directamente de los artículos recibidos, esto sin dejar de tener en cuenta otro detalle:
Las víctimas de los robos no eran personas a las que se pudiera afectar impunemente en sus intereses.
Todos ellos vivían sobrellevando estrecheces: sus reducidos sueldos les alcanzaban apenas para cubrir sus necesidades más inmediatas. La desaparición de un objeto valuado en cinco o en diez pesos no constituía, precisamente, una desgracia, pero sí desequilibraba desagradablemente el presupuesto del damnificado. Además, aquel que había sido robado pensaba que otro día podría volver a ocurrir semejante accidente, y tal la posibilidad traía alborotado el magín de los empleados, que hasta en sueños se veían reintegrando indemnizaciones de daños que aún no habían sufrido.
No estaban agotados los comentarios sobre el robo del retazo de un metro de seda, ocurrido en la semana anterior, cuando una noticia nueva estalló como una bomba, entre la consternación de todos: ¡Habían desaparecido tres sobretodos!...
El mismo gerente de la casa Xenius no pudo evitar un escalofrío al enterarse.
El robo de tres sobretodos en una casa organizada es motivo más que suficiente para alarmar a los mismos accionistas. Sin embargo, a pedido de los empleados de la sección “Ropería de hombres”, el gerente no dio noticias del escándalo a los accionistas. Los siete empleados de la sección “Ropería de hombres” desembolsaron el importe de los tres sobretodos.
continúa...
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS. Roberto Arlt. Segunda parte.
Yo podría escribir un libro con los diálogos, respuestas, preguntas, conjeturas y deducciones que se hicieron sobre aquel suceso, pero tendré que limitarme a escribir tres líneas.
¿Quién se había llevado los tres sobretodos? La argumentación de los damnificados era de este tenor:
—¿Puede un empleado o una empleada o el sereno robarse un corte de seda?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse un par de medias?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse tres sobretodos?
—No; no puede. No puede, porque tres sobretodos son inocultables en un bolsillo. Tres sobretodos hacen un bulto fenomenal. De consiguiente, el robo de tres sobretodos es materialmente imposible.
—Pero es que los sobretodos faltan —replicaban los damnificados.
—Se robaron uno a uno —replicaban los más sutiles.
—¿Cómo los sacaron de la sección?
Nadie sabía qué responder. El robo carecía prácticamente de explicación. Carecía de explicación porque la casa permanecía por la noche estrictamente cerrada. En el interior de la tienda, aparte del sereno, trabajaban tres hombres en la limpieza. Se hubiera podido sospechar del sereno, pero el sereno no se movía de la tienda, y al retirarse por la mañana del comercio lo hacía en presencia del jefe, cuya mirada avizora registraba al cojo de pies a cabeza. El hombre no hubiera podido envolverse un sobretodo en una pierna, porque ello era materialmente imposible. Ni ponerse un sobretodo nuevo debajo del viejo, porque el tamaño saltaría a la vista. Además, hubiera tenido que complicar a la gente de la limpieza en estos robos, y nadie iba a arriesgarse por una bagatela. Y, en última instancia, ¿por qué iba a ser precisamente el sereno el ladrón?
Existía otra posibilidad: que los hombres de la limpieza o el mismo sereno pasaran las prendas robadas por la terraza a una casa vecina. Los empleados preguntaron por la terraza. La casa Xenius no tenía terraza, el piso inmediato superior estaba ocupado por escritorios. Quedaba el recurso de las ventanas que daban a un patio oscuro. Las ventanas estaban enrejadas, además cada piso sobre el patio estaba separado del otro por una malla de alambre, de manera que si alguien que robaba en el cuarto piso quería arrojar el producto de su robo a un cómplice que le esperaba en el patiecillo, las redes de alambre no hubieran permitido pasar los paquetes.
Puntualizo estos detalles porque no trabajaba en la casa Xenius ni un solo empleado que no los conociera ni los comentara.
Evidentemente, el ladrón o la ladrona estaba allí, entre ellos, era un camarada, quizá un empleado inferior o superior, un hombre de la limpieza o un chico de mandados, pero el ladrón o la ladrona estaba allí. Y era de cuidado.
¡Había robado tres sobretodos! ¡Tres sobretodos de sesenta y cinco pesos cada uno! Es decir, ciento noventa y cinco pesos. Los siete empleados que fueron víctimas del robo tuvieron que retirar de sus sueldos la suma aproximada de treinta pesos para indemnizar a la casa, y la noticia del suceso no llegó a los accionistas. El gerente, piadosamente, la calló. Pero desde el gerente, que esa noche comentó el suceso con su señora, hasta el chico del ascensor, todos estaban preocupados.
¿Qué iba a ocurrir allí?
Continúa...
¿Quién se había llevado los tres sobretodos? La argumentación de los damnificados era de este tenor:
—¿Puede un empleado o una empleada o el sereno robarse un corte de seda?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse un par de medias?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse tres sobretodos?
—No; no puede. No puede, porque tres sobretodos son inocultables en un bolsillo. Tres sobretodos hacen un bulto fenomenal. De consiguiente, el robo de tres sobretodos es materialmente imposible.
—Pero es que los sobretodos faltan —replicaban los damnificados.
—Se robaron uno a uno —replicaban los más sutiles.
—¿Cómo los sacaron de la sección?
Nadie sabía qué responder. El robo carecía prácticamente de explicación. Carecía de explicación porque la casa permanecía por la noche estrictamente cerrada. En el interior de la tienda, aparte del sereno, trabajaban tres hombres en la limpieza. Se hubiera podido sospechar del sereno, pero el sereno no se movía de la tienda, y al retirarse por la mañana del comercio lo hacía en presencia del jefe, cuya mirada avizora registraba al cojo de pies a cabeza. El hombre no hubiera podido envolverse un sobretodo en una pierna, porque ello era materialmente imposible. Ni ponerse un sobretodo nuevo debajo del viejo, porque el tamaño saltaría a la vista. Además, hubiera tenido que complicar a la gente de la limpieza en estos robos, y nadie iba a arriesgarse por una bagatela. Y, en última instancia, ¿por qué iba a ser precisamente el sereno el ladrón?
Existía otra posibilidad: que los hombres de la limpieza o el mismo sereno pasaran las prendas robadas por la terraza a una casa vecina. Los empleados preguntaron por la terraza. La casa Xenius no tenía terraza, el piso inmediato superior estaba ocupado por escritorios. Quedaba el recurso de las ventanas que daban a un patio oscuro. Las ventanas estaban enrejadas, además cada piso sobre el patio estaba separado del otro por una malla de alambre, de manera que si alguien que robaba en el cuarto piso quería arrojar el producto de su robo a un cómplice que le esperaba en el patiecillo, las redes de alambre no hubieran permitido pasar los paquetes.
Puntualizo estos detalles porque no trabajaba en la casa Xenius ni un solo empleado que no los conociera ni los comentara.
Evidentemente, el ladrón o la ladrona estaba allí, entre ellos, era un camarada, quizá un empleado inferior o superior, un hombre de la limpieza o un chico de mandados, pero el ladrón o la ladrona estaba allí. Y era de cuidado.
¡Había robado tres sobretodos! ¡Tres sobretodos de sesenta y cinco pesos cada uno! Es decir, ciento noventa y cinco pesos. Los siete empleados que fueron víctimas del robo tuvieron que retirar de sus sueldos la suma aproximada de treinta pesos para indemnizar a la casa, y la noticia del suceso no llegó a los accionistas. El gerente, piadosamente, la calló. Pero desde el gerente, que esa noche comentó el suceso con su señora, hasta el chico del ascensor, todos estaban preocupados.
¿Qué iba a ocurrir allí?
Continúa...
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS. Roberto Arlt. Tercera parte.
Una de las más interesadas con los robos que se cometieron era Ernestina, empleada de la sección “Expedición al interior”.
Esta Ernestina es la muchacha de cuyo cajón el misterioso ladrón substrajo el sobre que contenía doce pesos.
Ernestina creía tener un hilo que podía llevarla a establecer la identidad del ratero. Esta empleada merece una referencia, porque su actuación fue importante y curiosa:
Activa como la mujer de un enano, Ernestina, físicamente, era más flaca que un gato famélico. Cuando se sentía contenta trepaba por los árboles, también como un gato. Observando su minúscula figura no se imaginara jamás que fuera tan vigorosa y resistente. Daba puñetazos tremendos.
Ernestina aspiraba a ser. Vaya a saber lo que aspiraba a ser, pero cuando salía de la oficina, un día sí y un día no, se metía en un montón de academias diferentes. Seguía cursos de inglés, de estenografía, de francés. Los que la conocían no sabían qué admirar más: si su flacura, su resistencia o su actividad.
Personalmente estaba indignada contra el ladrón.
—Ese hombre es un canalla —decía—. Nos está robando a nosotros, que somos más pobres que las ratas.
Lo que no dijo fue esto:
—Es tan ladrón que hasta se roba las “medialunas” que tomamos con el café con leche.
No lo dijo, pero lo pensó.
Efectivamente, el misterioso ladrón de los tres sobretodos, del cinturón sin hebilla, de las medias de seda, acostumbraba a robarse las “medialunas” que las muchachas no terminaban de comer con el café con leche que tomaban por la tarde.
Casi todas las empleadas llevaban a la tienda el café con leche en un termo. Ernestina había observado que cuando no tenía ganas de comerse las “medialunas” y las dejaba en el cajón de su escritorio, para comerlas al día siguiente, una mano misteriosa que había revisado el cajón, se había llevado las “medialunas”.
Ahora bien: aunque Ernestina no hizo ningún comentario al respecto, dedujo:
1° El ladrón de la tienda no era empleado ni empleada, porque ningún empleado ni empleada se quedaba después de la hora de salida y, además, ninguno de ellos le hubiera robado a su compañero una o dos “medialunas” para tomar con el café con leche.
2° Por lo tanto, el ladrón de las “medialunas” era un hombre que merodeaba por las oficinas después que ellos salían.
3° Un hombre que es capaz de revisar un cajón y robarse una “medialuna” es un ser humano sin sensibilidad, con la justa mentalidad para robarse un cinturón sin hebilla, un metro de seda o los tres sobretodos.
4° En consecuencia, el ladrón de las “medialunas” era el ladrón de las prendas anteriores, y actuaba en el comercio exclusivamente por la noche.
Sin embargo, Ernestina tuvo un escrúpulo. ¿Y si se equivocaba?
He aquí en qué podía consistir su equivocación:
Pudiera ser que, por la noche, uno de los hombres encargados de la limpieza revisara los cajones, encontrara las “medialunas” abandonadas, y suponiendo que eran desperdicios, las arrojara a la basura. Si así ocurría, su tesis era equivocada.
Resolvió hacer una prueba.
continúa...
Esta Ernestina es la muchacha de cuyo cajón el misterioso ladrón substrajo el sobre que contenía doce pesos.
Ernestina creía tener un hilo que podía llevarla a establecer la identidad del ratero. Esta empleada merece una referencia, porque su actuación fue importante y curiosa:
Activa como la mujer de un enano, Ernestina, físicamente, era más flaca que un gato famélico. Cuando se sentía contenta trepaba por los árboles, también como un gato. Observando su minúscula figura no se imaginara jamás que fuera tan vigorosa y resistente. Daba puñetazos tremendos.
Ernestina aspiraba a ser. Vaya a saber lo que aspiraba a ser, pero cuando salía de la oficina, un día sí y un día no, se metía en un montón de academias diferentes. Seguía cursos de inglés, de estenografía, de francés. Los que la conocían no sabían qué admirar más: si su flacura, su resistencia o su actividad.
Personalmente estaba indignada contra el ladrón.
—Ese hombre es un canalla —decía—. Nos está robando a nosotros, que somos más pobres que las ratas.
Lo que no dijo fue esto:
—Es tan ladrón que hasta se roba las “medialunas” que tomamos con el café con leche.
No lo dijo, pero lo pensó.
Efectivamente, el misterioso ladrón de los tres sobretodos, del cinturón sin hebilla, de las medias de seda, acostumbraba a robarse las “medialunas” que las muchachas no terminaban de comer con el café con leche que tomaban por la tarde.
Casi todas las empleadas llevaban a la tienda el café con leche en un termo. Ernestina había observado que cuando no tenía ganas de comerse las “medialunas” y las dejaba en el cajón de su escritorio, para comerlas al día siguiente, una mano misteriosa que había revisado el cajón, se había llevado las “medialunas”.
Ahora bien: aunque Ernestina no hizo ningún comentario al respecto, dedujo:
1° El ladrón de la tienda no era empleado ni empleada, porque ningún empleado ni empleada se quedaba después de la hora de salida y, además, ninguno de ellos le hubiera robado a su compañero una o dos “medialunas” para tomar con el café con leche.
2° Por lo tanto, el ladrón de las “medialunas” era un hombre que merodeaba por las oficinas después que ellos salían.
3° Un hombre que es capaz de revisar un cajón y robarse una “medialuna” es un ser humano sin sensibilidad, con la justa mentalidad para robarse un cinturón sin hebilla, un metro de seda o los tres sobretodos.
4° En consecuencia, el ladrón de las “medialunas” era el ladrón de las prendas anteriores, y actuaba en el comercio exclusivamente por la noche.
Sin embargo, Ernestina tuvo un escrúpulo. ¿Y si se equivocaba?
He aquí en qué podía consistir su equivocación:
Pudiera ser que, por la noche, uno de los hombres encargados de la limpieza revisara los cajones, encontrara las “medialunas” abandonadas, y suponiendo que eran desperdicios, las arrojara a la basura. Si así ocurría, su tesis era equivocada.
Resolvió hacer una prueba.
continúa...
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS. Roberto Arlt. Cuarta parte.
Aquel día, a la hora de tomar café con leche, comió bollitos en vez de “medialunas”, y después de arrancar un pedazo de un mordisco, dejó el bollito mordido en el cajón.
Pasaron tres días. El bollito mordido continuaba en el cajón, en consecuencia el hombre que robaba las “medialunas” no era el hombre de la limpieza, porque si no el bollito hubiera seguido el camino de la otra factura.
Y de pronto estalló otra bomba:
De la sección “Sombreros para hombres” desaparecieron veinte sombreros. Veinte sombreros no se ocultan entre pecho y espalda, ni tampoco metidos en un bolsillo. El personal de la tienda Xenius estaba atónito. Uno mencionó la película del “Hombre invisible”, y muchos se sintieron tentados a admitir que el ladrón de la tienda era un ente de condiciones sobrenaturales. Fue interrogado el sereno, los hombres de la limpieza; intervino la policía y no se aclaró nada. La situación de los empleados de la tienda se tornó insoportable. A la salida del empleo tropezaban con vigilantes que les escudriñaban de pies a cabeza. Muchos de ellos, sin que se enteraran los otros, fueron revisados. Por supuesto, inútilmente. Ernestina, una tarde, a la hora de salir, fue llamada a la gerencia. La aguardaba allí una señora que le indicó que debía dejarse registrar. Ernestina llegó a su casa hirviendo de ira. Aquella humillación era insoportable. Pero ella no estaba en condiciones de renunciar al empleo, porque su inglés era deficiente. Meditaba aquel anochecer, apoyada de codos en la mesa, cuando una idea diabólica se detuvo en su cerebro.
¿Si ella atrapara al ladrón? Al ladrón de los sombreros, de los sobretodos. Al ladrón de las “medialunas”. Tenía un plan. Sin vacilar, entró en el laboratorio fotográfico de su hermano. En un rincón del estante había un bote con cianuro de potasio. Echó aproximadamente un gramo de veneno en un papel, entró a su cuarto, tomó una “medialuna, con un cortaplumas separó delicadamente la corteza, abrió en la masa un agujero, y allí vertió el veneno. Con un poco de engrudo obturó el agujero, volvió a cubrirlo con su corteza y metió la “medialuna” en su valijita, junto al termo.
Al día siguiente, por la tarde, antes de salir de la oficina, en un momento que nadie la veía, dejó la “medialuna” abandonada en el interior del cajón.
Regresó a su casa, emocionada por la calidad de la trampa que dejaba preparada. Pero era indispensable que procediera así.
Luego, para olvidarse de la magnitud del acto, fue al cine, en compañía de sus hermanas. A pesar de que trataba de separar su pensamiento del drama en preparación, el drama latía con violencia en todas sus venas.
Durmió y no durmió aquella noche. Una mano carnuda y fuerte, de dedos gruesos, pasaba ante sus ojos, le rozaba el brazo y el rostro con su manga tosca, tomaba el cajón de su escritorio por la anilla, lo entreabría, hurgaba en las tinieblas y retiraba la “medialuna”...
El cansancio fue más fuerte que su temor secreto, y al amanecer terminó por dormirse. Tuvieron que despertarla repetidas veces para que se levantara. Se vistió sobresaltada.
continúa...
Pasaron tres días. El bollito mordido continuaba en el cajón, en consecuencia el hombre que robaba las “medialunas” no era el hombre de la limpieza, porque si no el bollito hubiera seguido el camino de la otra factura.
Y de pronto estalló otra bomba:
De la sección “Sombreros para hombres” desaparecieron veinte sombreros. Veinte sombreros no se ocultan entre pecho y espalda, ni tampoco metidos en un bolsillo. El personal de la tienda Xenius estaba atónito. Uno mencionó la película del “Hombre invisible”, y muchos se sintieron tentados a admitir que el ladrón de la tienda era un ente de condiciones sobrenaturales. Fue interrogado el sereno, los hombres de la limpieza; intervino la policía y no se aclaró nada. La situación de los empleados de la tienda se tornó insoportable. A la salida del empleo tropezaban con vigilantes que les escudriñaban de pies a cabeza. Muchos de ellos, sin que se enteraran los otros, fueron revisados. Por supuesto, inútilmente. Ernestina, una tarde, a la hora de salir, fue llamada a la gerencia. La aguardaba allí una señora que le indicó que debía dejarse registrar. Ernestina llegó a su casa hirviendo de ira. Aquella humillación era insoportable. Pero ella no estaba en condiciones de renunciar al empleo, porque su inglés era deficiente. Meditaba aquel anochecer, apoyada de codos en la mesa, cuando una idea diabólica se detuvo en su cerebro.
¿Si ella atrapara al ladrón? Al ladrón de los sombreros, de los sobretodos. Al ladrón de las “medialunas”. Tenía un plan. Sin vacilar, entró en el laboratorio fotográfico de su hermano. En un rincón del estante había un bote con cianuro de potasio. Echó aproximadamente un gramo de veneno en un papel, entró a su cuarto, tomó una “medialuna, con un cortaplumas separó delicadamente la corteza, abrió en la masa un agujero, y allí vertió el veneno. Con un poco de engrudo obturó el agujero, volvió a cubrirlo con su corteza y metió la “medialuna” en su valijita, junto al termo.
Al día siguiente, por la tarde, antes de salir de la oficina, en un momento que nadie la veía, dejó la “medialuna” abandonada en el interior del cajón.
Regresó a su casa, emocionada por la calidad de la trampa que dejaba preparada. Pero era indispensable que procediera así.
Luego, para olvidarse de la magnitud del acto, fue al cine, en compañía de sus hermanas. A pesar de que trataba de separar su pensamiento del drama en preparación, el drama latía con violencia en todas sus venas.
Durmió y no durmió aquella noche. Una mano carnuda y fuerte, de dedos gruesos, pasaba ante sus ojos, le rozaba el brazo y el rostro con su manga tosca, tomaba el cajón de su escritorio por la anilla, lo entreabría, hurgaba en las tinieblas y retiraba la “medialuna”...
El cansancio fue más fuerte que su temor secreto, y al amanecer terminó por dormirse. Tuvieron que despertarla repetidas veces para que se levantara. Se vistió sobresaltada.
continúa...
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS. Roberto Arlt. Quinta parte.
Al llegar a la tienda y entrar al ascensor, le dijo el chico:
—Señorita Ernestina, ¿no sabe que encontraron al ladrón?
Ernestina dejó caer su cartera al suelo. Se inclinó a recogerla, pero ya recobrado por completo el dominio de sí misma.
—¿Sí?
—Era el sereno.
—¿El sereno?
—Le encontraron una pierna llena de corbatas. Parece que se suicidó.
Al entrar a la sección “Expedición al interior”, todos comentaban el suceso:
Resulta que al amanecer, los peones de limpieza encontraron al sereno muerto junto a su taza de café con leche. Al levantarlo, descubrieron que llevaba una pierna postiza. Vino la policía. Al sereno le faltaba una pierna. Usaba una ortopédica; en su interior esa noche había guardado dos docenas de cintas de máquina de escribir y siete corbatas de seda.
La policía allanó la casa donde vivía el sereno. En su habitación encontraron otra pierna. Una pierna de madera maciza. Cuando el sereno no estaba dispuesto a robar, usaba la pierna sin trampa. Se comprobó que en la pierna hueca cabía holgadamente un sobretodo arrollado, siempre que se le descosieran las mangas.
Tal fue la razón por la que la policía no extremó las investigaciones para determinar quién había hecho llegar a las manos del sereno la “medialuna” cargada de veneno.
Y aquel día todos los empleados de la casa Xenius, incluso Ernestina, se sintieron enormemente felices.
—Señorita Ernestina, ¿no sabe que encontraron al ladrón?
Ernestina dejó caer su cartera al suelo. Se inclinó a recogerla, pero ya recobrado por completo el dominio de sí misma.
—¿Sí?
—Era el sereno.
—¿El sereno?
—Le encontraron una pierna llena de corbatas. Parece que se suicidó.
Al entrar a la sección “Expedición al interior”, todos comentaban el suceso:
Resulta que al amanecer, los peones de limpieza encontraron al sereno muerto junto a su taza de café con leche. Al levantarlo, descubrieron que llevaba una pierna postiza. Vino la policía. Al sereno le faltaba una pierna. Usaba una ortopédica; en su interior esa noche había guardado dos docenas de cintas de máquina de escribir y siete corbatas de seda.
La policía allanó la casa donde vivía el sereno. En su habitación encontraron otra pierna. Una pierna de madera maciza. Cuando el sereno no estaba dispuesto a robar, usaba la pierna sin trampa. Se comprobó que en la pierna hueca cabía holgadamente un sobretodo arrollado, siempre que se le descosieran las mangas.
Tal fue la razón por la que la policía no extremó las investigaciones para determinar quién había hecho llegar a las manos del sereno la “medialuna” cargada de veneno.
Y aquel día todos los empleados de la casa Xenius, incluso Ernestina, se sintieron enormemente felices.
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