8 de enero de 2026
A veces la soledad me lleva
a lugares impensados
a emociones insoportables
Cierro el libro y me pongo a acomodar unas plantas.
En eso consisten últimamente mis lecturas: cerrar el libro más que mantenerlo abierto y dar vuelta las páginas. Masticar de a poco y lentamente más que devorar.
Cerrar el libro es como cerrar los ojos para guardar profundamente algo, tal vez, insoportable. "Guardar" en el sentido de "atesorar"; "insoportable" en el sentido de tanta belleza que porta algo leído.
"Acomodar unas plantas" en el sentido de echar mano al jardín, de buscar la compañía de los seres vivos más tolerantes que tengo cerca (y los más nobles).
A veces la soledad me lleva al Cerro Catedral, a una laguna, o al cielo de La Paz; y otras, a algún universo desconocido.
Cerrar el libro es como sentirse pequeñita ante la inmensidad de la Madre. Sentirse más maravillada que nunca sosteniendo la vida. Mirar las estrellas hasta llorar y meter los pies en el barro.
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5 de febrero de 2026
La risa
Cierro el libro y abro un cuaderno.
Cierro el libro y abro una historia.
Las imágenes se me presentan una tras otra, como la secuencia de una película mal editada o editada en un orden caprichoso, con episodios completos fuera de foco, con gente caminando de cabeza.
Pero hay un episodio claro, clarísimo: ese en el que estás llorando de la risa que te causó una melodía de Campanas tubulares de Mike Olfield. Ese hecho, que fue un instante apenas está nítido, está vivo.
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8 de febrero de 2026
Los pies
"Memoria del milagro" llama Jeremías Gamboa a las huellas que dejan esos actos/ hechos prodigiosos en nuestras vidas.
Lo dice así, cuando empieza un largo párrafo en la página 107**: "Después es la memoria del milagro".
Y lo dice (o lo escribe) luego del relato en que refiere a un paseo (o excursión o salida didáctica) con la maestra que le enseñó a leer y sus compañeritos, paseo que terminó en una parada a la orilla del mar en el que todos los niños metieron sus pies por primera vez.
Me conmueve lo que dice y cómo lo dice. No puedo menos que asociarlo a los milagros que a mi se me han presentado, a la memoria de esos milagros, a las relecturas, evocaciones y reinvenciones.
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El jardín
Había despertado yo de "mal humor", por así decirlo, y a la vez con una gran necesidad: meter las manos, los pies, el cuerpo entero en el jardín del fondo, como los escolares en el mar de Jeremías Gamboa.
Mientras removía un poco la tierra pensaba en la fortuna de tener este espacio en el fondo de la casa, algo que fui construyendo a lo largo de estos trece años. Después me di cuenta de que "el jardín" ya estaba y solamente lo descubrí. De hecho, las primeras plantitas empezaron a brotar solas desde esa tierra que a la vista se presentaba yerma.
Lo que realmente me pasó fue "aprovechar" ese milagro de malvas, dientes de león, calas, violetas silvestres y dichondras para seguir con el deseo que siempre tuve de cuidar un jardín, más un poco de fanatismo, pizcas de ensayos y errores y esa frase que me persigue desde que se la escuché a una doña en un lugar de vacaciones: "En esta ciudad y con este calor si no tenés un jardín no podés vivir". Ella tenía uno maravilloso.
** Novela "El principio del mundo" de Jeremías Gamboa. Alfaguara
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1° de octubre de 2026
La poesía
[13:10, 19/9/2026] Dany: En qué andás piba?
[14:15, 19/9/2026] Patri 🐦: Montada en el jardín
[14:29, 19/9/2026] Dany: Como una amazona?
[14:36, 19/9/2026] Dany: Amazona del jardín
[14:36, 19/9/2026] Dany: Puedo sublimar mi amor en un poema que comience así?
AMAZONA DEL JARDÍN
- A Patricia Morante
Amazona del jardín
que cabalgas en mis sueños
riéndote de mis empeños
en ser tu gayo arlequín:
ya pócima o ya purín,
te imagino revolviendo
la tierra y allí vertiendo
tu magia de Hada Patricia.
Mi décima es la caricia
que espero darte escribiendo.
En tu Isla de Argimón
donde reinas y gobiernas,
bien saben las hojas tiernas
con cuánto amor y tesón,
en horas de ensoñación
honras a las mariposas,
las arañas y las cosas
que en tus dominios habitan
y en tus pupilas palpitan,
amazona de las rosas.
Te visita un colibrí,
una calandria te arrulla,
un poeta te chamulla
y te apura un quetupí.
Tres gatas te hablan aquí
de otros patios y universos
que en mil macetas dispersos
interconectan la casa,
tu malvón y tu terraza,
amazona de mis versos.
El humus y las hormigas
te escriben sus epopeyas:
de antiguas batallas, ellas;
de vidas nuevas y amigas,
la tierra fresca. Y ortigas
y otras almas dan su manto
al umbrío camposanto
de tu playa, donde duermen
numen, brote, ancestro, germen,
amazona de mi canto.
Amazona solitaria,
señora de los confines,
viajera de otros jardines,
hechicera hospitalaria,
poeta de la plegaria,
bordadora de olvidados
juguetes desenterrados,
guardiana de las lombrices:
como hilos de agua, felices,
dejo estos versos regados.
D. A. T. (20/9/2026)









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