mis papeles se vuelan
es una musa

dicen ocasos
esas gotas que caen
sobre mi pecho
las palabras florecen
en un conjuro
en sus ojos traía
pura semilla



Para escuchar mientras se lee...Una mujer se ha perdido,
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura ,
su breve cintura debajo de mí,
se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.
Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras,
veo un perro ladrando a la luna
con otra figura que recuerda a mí,
veo más, veo que no me halló,
veo más,veo que se perdió.
La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes
los amores cobardes no llegan a amores
ni a historias, se quedan allí,
ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.
Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota y apago el reloj,
que me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.
Una mujer con sombrero
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndose al centro del miedo
y yo, que no soy bueno, me puse a llorar,
pero entonces lloraba por mí
y ahora lloro por verla morir,
pero entonces lloraba por mí
y ahora lloro por verla morir.
Me acuerdo del día que me regaló la camisa. No esperaba algo así. Estaba envuelta en un papel de seda suave, muy suave y casi transparente.






Está lloviendo. Un
hilo de agua baja por la grieta de la pared en que me apoyo. Otra vez me quedé
dormida en la página 181 del libro. Un quejido lastimoso me hace girar la
cabeza hacia la salida del sótano. Desde pequeña tengo la costumbre de leer
aquí. Me doy cuenta de que aquel gemido me arrancó del sueño en el que me
hallaba. Comienzo a subir por los escalones. El quejido se entremezcla con el
tintinear de los trastos en la cocina y el chapoteo en el agua del fregadero.
Cuando llego al décimo escalón la veo. Es Marga, la mujer que me cuidaba cuando
niña. Va y viene con la vajilla y los restos de la cena. Me descubre. Me
observa o creo que lo hace. Dudo si es a mis ojos que se dirige, tan profunda
es su mirada. —No vuelvas a hacerme
esto, niña —dice y llora
ahogadamente—.
Miro mis pies, mis
piernas. Son delgados, como cuando tenía cinco o seis años. Llevo los zapatos
que me regaló mamá para estrenar junto con mi vestido largo. Me reconozco
pequeña, menuda, liviana. Estoy húmeda, con olor a río. Llevo plantas pegadas a
mi cuerpo, colgadas de mis brazos ligeros.
—No vengas más por
aquí —dice Marga—, tienes
que irte de una buena vez. ¡Pasó tanto tiempo desde aquel 30 de junio...!
—No
quería venir pero otra vez fue tu llanto —lo
pienso, no se lo digo—...
Como por un sueño
vuelvo a bajar a mi sótano. Vuelvo a mi libro, a mi página... Aparezco en la
playita del río. A lo lejos observo el bote dado vuelta en el agua, mis zapatos
y las plantas alrededor. Se oye un chapoteo. Marga está a mi lado pero no me
ve. No puede verme. Sólo solloza. Mira más allá del bote, más allá de la noche.
Tan profunda es su mirada...
Hoy conocí a Chanchi. Es pequeño. Tiene la piel cobriza y los cabellos rubios. Estaba sentado en un banco de la plaza. ¿Qué digo "sentado"?, estaba tirado de panza.
Hola, hermosa gente. ¿Están pensando en una tarde distinta, sabrosa, íntima, cálida y a media luz? ¿Una tarde que entibie el corazón con emociones, buena música y esa reinita indomable, la palabra, hecha grito o susurro, donación o reclamo? Vénganse nomás el domingo a las 18.30 hs a La casita. La degustación de cuentos estará servida.