pezuña 'e vaca
Semanas enteras con sus días completos y a toda hora peleando contra las muertes de mi gato.
No sé si venían de a una, de a dos o todas juntas. En visitas inesperadas y otras en las que hasta tomábamos un café. En distintos horarios, con interrupciones nocturnas del sueño. Fugazmente o interponiéndose cada dos o tres pasos.
En forma simbólica o como parte de mis retorcidos pensamientos.
Vestidas como la Madame La Mort de Manucho, despojadas de pilcha, portando cuello isabelino o metamorfoseadas en sonda, jeringa o cánula.
Pensar que un gato me había tratado de "ingenua" cuando alguna vez hice referencia a sus siete vidas. Ahora sé que la lucha fue larga e intensa y que por lo menos una vida Tito salvó porque me mira ahora mismo mientras leo en voz alta, se me acerca, me amasa cuatro segundos y se retira a los pies de la cama para dormir su séptima siesta del día, libre, feliz y cubriéndose la cara con sus patitas.
I
Quiero ser de humedal y benteveo
II
Un círculo tapizado de hojas secas. Ocho mesitas de cemento con sus correspondientes dameros y sus banquetas firmes y duras.
Alguien dejó una botella con agua.
Aparece un perro, de esos con collar coqueto que sueltan en la plaza para que defequen. Y defeca.
Se sube a una de las banquetas para alcanzar la botella sobre la mesa. Y la alcanza.
La tira al piso y la mordisquea.
Su humano apenas lo mira de lejos.
Sigue mordisqueando la botella para romperla. Y la rompe aunque no lo suficiente como para introducir su lengua y beber de su contenido.
De pronto, un silbido.
El perro levanta la cabeza, toma la botella y corre hacia su amo. Chorrea agua en el caminito curvo.
Una voz: -¿qué hacés? ¿Por qué traés porquerías?.
El perro salta, lloriquea, ladra, le señala como puede, al dueño, la botella.
Ahora, las manos, colocan con firmeza la correa en el collar azul francia, tironean hasta que deja de haber resistencia y llevan en dirección oeste al perro que ya cagó, jugó cinco minutos y ahora camina muerto de sed hasta su domicilio en el barrio de edificios de tres, seis y ocho pisos.
III
Palo borracho de flores blancas a mitad de cuadra junto al poste con el aro de basquet.
Viejita encorvada dándole maíz a las gallinas en el patio delantero.
Casa de la familia C. con su frente cargado de azulejismo.
Mandarinos asomando por encima de la tapia hecha de bloques.
(Fue el 4 de junio pero podría haber sido hoy)
Digo esto porque la palabra coraje me suena muy bien, más que la palabra valentía, y porque la palabra coraje últimamente también está siendo vapuleada. Se dice de funcionarios políticos que tienen coraje pero la verdad es que cuando el funcionario piensa sólo en su bolsillo y no lo que dicen las comunidades, que es lo que generalmente ocurre, no tiene coraje por más megaemprendimiento que inicie o negocie, eso se llama prepotencia. Entonces, una vez más, usemos bien las palabras. Raúl tiene coraje, Ximena tiene coraje, Antonio, Rosa, Aldo, Enzo, Edu, entrevistadores en la foto, tantos otros y otras que ponen el cuerpo todos los días para defender los bienes comunes, tienen coraje. Los funcionarios, repito, tienen prepotencia. No confundamos las actitudes, ni las intenciones, ni las palabras.
Tanto trabajo digno que podrían hacer, tanto coraje que podrían tener y justo van a elegir la violencia y la falta de ética destruyendo el cerro, dejando sin agua un pueblo entero y persiguiendo a sus defensores.
El coraje es de las personas dignas, es amor, es ir con el corazón por delante dando una mano, diciendo la verdad. El coraje es de quienes resisten en la querida Andalgalá.
Patricia Morante.
El video:
https://www.instagram.com/reel/Cgz6mrqlZO1/?utm_source=ig_web_copy_link
Estábamos en Choya, habíamos compartido alimentos, abrazos, bailes, canciones y charlas
como en una auténtica celebración familiar.
Pasamos luego algunas curvas y subidas por una calle de tierra admirando el paisaje con el
cerro guardián a nuestras espaldas, la vegetación y la sencillez de las casas.
A mí, como suele pasarme en los recorridos, todo me traía un recuerdo de la infancia, aunque era la
primera vez que pisaba esas tierras.
Por ejemplo, el patio de los abuelos, cuando vi en los árboles a las gallinas ya dispuestas
a pasar la noche aunque todavía era de día.
O cuando estuvimos con Antonio, recién bajado del cerro donde está resistiendo
el acampe digno de este hermoso pueblo y conversamos con él naturalmente
como si nos cruzáramos con el buen vecino del barrio.
O cuando en una vuelta del camino empezamos a escuchar el atardecer de los pájaros
entremezclado con voces humanas que venían de más lejos y se nos añadió un ingrediente
misterioso a la caminata. Y nos miramos las cuatro de modo cómplice, con la certeza de que,
por más que nos apuráramos, nos perderíamos igual la ronda que provenía de esas voces,
el abrazo comunitario de "hasta la próxima", la última travesura, tal vez, antes de irnos.
Lo cierto es que, desde donde estábamos, nos sumamos alegremente al coro, al canto unánime
de "fuera las mineras" que retumbó hasta el otro lado del río.
Otro día les voy a hablar del río si es que él no se me adelanta como suele hacer con su
voz ancestral de piedra y agua, pero ahora quiero contarles lo último,
aun más maravilloso que el puente del principio.
En la puerta del micro que nos llevaría de vuelta a Andalgalá estaba afirmado Raúl,
otro guardián del cerro que no quería dejar de agradecer y saludar a quienes íbamos subiendo.
Allí nos despidió como quien dice "hasta que volvamos a encontrarnos",
sonriente y luminoso como siempre.
Quienes salimos a caminar después, nos encontramos con un puente peatonal, colgante, oscilante, de ingeniería inesperada y maravillosa. Lo cruzamos.
Pasamos luego algunas curvas y subidas por una calle de tierra admirando el paisaje con el cerro guardián a nuestras espaldas, la vegetación y la sencillez de las casas.
A mí, como suele pasarme en los recorridos, todo me traía un recuerdo de la infancia, aunque era la primera vez que pisaba esas tierras.
Por ejemplo, el patio de los abuelos, cuando vi en los árboles a las gallinas ya dispuestas a pasar la noche aunque todavía era de día.
O cuando estuvimos con Antonio, recién bajado del cerro donde está resistiendo el acampe digno de este hermoso pueblo y conversamos con él naturalmente como si nos cruzáramos con el buen vecino del barrio.
O cuando en una vuelta del camino empezamos a escuchar el atardecer de los pájaros entremezclado con voces humanas que venían de más lejos y se nos añadió un ingrediente misterioso a la caminata. Y nos miramos las cuatro de modo cómplice, con la certeza de que, por más que nos apuráramos, nos perderíamos igual la ronda que provenía de esas voces, el abrazo comunitario de "hasta la próxima", la última travesura, tal vez, antes de irnos.
Lo cierto es que, desde donde estábamos, nos sumamos alegremente al coro, al canto unánime de "fuera las mineras" que retumbó hasta el otro lado del río.
Otro día les voy a hablar del río si es que él no se me adelanta como suele hacer con su voz ancestral de piedra y agua, pero ahora quiero contarles lo último, aun más maravilloso que el puente del principio.
En la puerta del micro que nos llevaría de vuelta a Andalgalá estaba afirmado Raúl, otro guardián del cerro que no quería dejar de agradecer y saludar a quienes íbamos subiendo. Allí nos despidió como quien dice "hasta que volvamos a encontrarnos", sonriente y luminoso como siempre.
Patricia Morante.
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| FOTO 1 |
Ese sábado de julio de llegada a Andalgalá volvimos un poco a la niñez ante el espectáculo de la nieve, la belleza, ese recreo exacerbado ante la vista.
Nuestro propósito no era turístico, pero lo fue por algunos momentos. Nos sorprendió gratamente el paisaje. Sin embargo, el "ayudame a mirar" estuvo en las entrañas de la preparación de este viaje y del largo viaje en sí. Estuvo a la vuelta, esa vuelta larga que aún perdura. Porque, no sé si les pasa a ustedes, a mí se me hacen inmensos los regresos, no tanto por las horas que llevan, sino por los tiempos que se van tejiendo entre las hebras de los recuerdos, la intensidad de lo vivido, las intenciones que se encienden aquí y allá. Ése es un paisaje infinito en el corazón para el que también necesitamos otras miradas.
Ayudame a mirar si me dan los números, ayudame a mirar qué hay para llevar que sirva al acampe, ayudame a mirar el recorrido, ayudame a mirar a Enzo, a Edu, a Rosita, a Rita, a Paulina, a Ximena, a Antonio... ayudame a mirar a Raúl que en esta lucha, y no es paradoja, es uno de los que mejor nos ayuda a mirar.
Ayudame a mirar el río seco, ayudame a mirar a tanta altura y con tanto frío el acampe de Choya.
Ayudame a escuchar, a entender, a tejer, a tomar fotos, a comunicar, a escribir poesía.
Ayudame a decir.
(Acá hago una pausa para que vos pienses o escribas tus "ayudame" para esta lucha)
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Ayudame a escuchar no sólo las canciones, pero también las canciones.
Ayudame a mirar no sólo la maravilla, pero también la maravilla.
Porque si en este recorrido no nos empecinamos en alzar la voz por el agua en todos sus estados, el cerro, la vida, el amor, entonces ¿qué estaríamos defendiendo?
Cuando las vi, a Yani y a Mariela, de cara a aquella mañana nevada tuve la intención de chistarles para que se dieran vuelta. Pero, claro, tal vez el epígrafe hubiera sido otro...
Patricia Morante
Andalgalá, 16 de julio de 2022, en contexto de la Caminata 650 por la Vida, en un colectivo que llegó dentro de un colectivo°.
°Delegación Plurinacional y Federal, formada por integrantes de diversas organizaciones y asambleas (en defensa del agua y de la vida, contra la Megaminería contaminante, saqueante, destructiva) viajó en el Che Bondi del 16 al 18 de julio de 2022.
https://www.facebook.com/photo/?fbid=10228417732256665&set=a.2857051593696
cómo hicimos para hacer desaparecer
lo que tanto nos agradaba
no fue en un siglo ni en dos
fue en un segundo
cerramos los ojos![]() |
| 1° de mayo |
| Marina y Patri en ascenso al cerro. Foto de Chochi. Marzo de 2015 |
El viaje, las pendientes, la elección del guía.
La emoción, los pasos, la sonrisa para la foto.Las piedras, los aromas, las nubes sobre nuestras cabezas.Vivimos una experiencia única, un hito.
Subida al Champaquí que marca un antes y un después en nuestras vidas,
como el conocernos, como el soñar juntas,
como las felices coincidencias en el camino de la amistad.
¿Cómo se dice "caricia", de lejos?
¿Y "abrazo"?
¿Cómo se dice "beso" sin humedad?
¿Cómo se dice "piel"?
(de gallina
o
cualquier otra)
¿Cómo, "diástole y sístole"?
¿Cómo, "antebrazo" o "cuello"?
¿Cómo se dice
"pasos"
"noche"
"estrella"
con la opacidad
de la distancia?
¿Cómo se dice "ojos", sin destello?
¿Cómo "llovizna"
"llovizna"
"espalda"?
Ya sé
de lejos, no se dice
Patricia Morante escribe a partir de la muestra COMO EN CASA de Guadalupe Carrizo inaugurada el 4 de marzo de 2022.
Paredes enfrentadas e hilos invisibles que conectan las palabras, problemas que se entretejen, que provienen de una misma matriz y, tal vez, no; pero creemos que sí. Lo que pasa en el Norte pasa en el Sur y, a veces, no; pero casi siempre, sí.
Lo mismo de Este a Oeste y viceversa.
Llegando a El Local, el lugar de la muestra, en La Paternal, ya se lee una vidriera con slogans "esperanzadores". En realidad, nos resultan irónicos, como cualquier frase que pueda decir alguien que hace la plancha en el mar de problemas. Fondo colorido y brillante de glitter, para más datos. Letras grandes, fotografiables desde la vereda de enfrente, más allá de los cuatro carriles de la J. B. Justo.
"Aquí también la Nación crece" y "Una ciudad más disfrutable para todos los vecinos".
Dos reposeras en la vereda también convocan.
Franqueamos la puerta, miramos a un lado y al otro. No sabemos por dónde empezar pero arrancamos.
Guada hace un relevamiento basado en problemáticas y asambleas cuyos integrantes ponen el cuerpo día a día, nadando y, a veces, naufragando en los problemas y buscando la forma de salir a flote, tratando de encontrar la solución, de ser escuchados y de que sean reconocidos los derechos de las personas y de la naturaleza. Y es abrumador, al principio, ver los afiches con tanta información.
Un mapa conceptual a la izquierda. Carteles con letras grandes, carteles con letras pequeñas y flechas que van tejiendo las relaciones entre las problemáticas.
A la derecha, una bandera interminable, que promete agrandarse aún más, tal vez infinitamente, con los nombres de las asambleas que están trabajando, chequeadas cuidadosamente por Guada. Aquí sí está la esperanza, sin comillas ni ironías.
Me gusta de Guada, que invita, que comparte, que presenta una muestra no acabada sino como el principio de algo.
Y me gusta pensar que el poema está en esos hilos invisibles/silenciosos, al principio, que entretejen las paredes enfrentadas de la muestra, por donde creemos que continúa el mapa.
En ese tejido está el intercambio de ideas y opiniones que propone Guada y la pared en la que está fijado el cartel ASAMBLEA PERMANENTE se va conformando en un dibujo que se agranda a lo alto y a lo ancho abarcando casi todo el espacio. Como en las figuras de cuerda, el juego de manos basado en un hilo, o similar, cerrado y anudado formando aros en el que el cordel debe disponerse entre las dos manos que comienzan formando una figura...
Hay que cuidarlo.
A veces, sólo basta un poco de presencia, observar todos los días, mover esto para allá, traer de vuelta aquella maceta, atender el llamado de esas hojas nuevas, regocijarse con la cantidad de lombrices, bichos bolitas y otras presencias más aéreas, observar los dibujos que van dejando orugas y caracoles en algunas plantas.
Después, sentarse en el medio, cerrar los ojos y respirar conscientemente.
Antes de irse preguntar:
¿Tenés sed? ¿Aprovechaste la lluvia de ayer? ¿Te ofrezco algo más?
El de la risa contagiosa. El de la boquita con vergüenza. El de la mirada profunda.
El de los ojos desviados. El del peinado que no te gusta. El de la cabeza llena de piojos.
El de las marcas por una pelea. El de boludo que quemó las tostadas.
(Llegué a pensar que no podías desayunar sin el rito de las tostadas y ahora me doy cuenta de que no podés si no las quemás antes, si no las raspás, si no dejás la bacha llena de esa lluvia de pan negro).
El rostro de desayunar, de chupar mate mientras te comés las tostadas más finitas del mundo.
El burlón. El de tocar la guitarra. El de hacer unos acordes, detenerte, anotar algo y volver.
El de los pies por primera vez en el mar. El del diente partido. El de culo.
El del dolor de oído. El de la sopa salada. El de las pestañas cortadas al ras.
El de descubrir figuras en la pared despintada. El de las preguntas difíciles durante la cena.
El de insultar al viejo de enfrente. El de quemar los recuerdos.
Y vos, ¿quién sos?, me decís.
Gracias, gracias, gracias.
Tenía 7 u 8 años y me habían dicho que si en el espejo del baño me miraba con una vela colocada justo debajo del mentón iba a poder ver al diablo. ¿Por qué el espejo del baño, me pregunto ahora? Tal vez por lo privado... ¿Y por qué hablábamos tanto del diablo a esa edad?
Al diablo nunca lo vi, y en esas ocasiones en que lograba rescatar una vela y hacer el ejercicio de por lo menos calentarme la barbilla, no sentí miedo. Más bien se apoderaba de mí una especie de ansiedad contenta.
Ahora que me acuerdo, sí lo vi, en una ilusión óptica pero lo vi. Teníamos una tarjeta con un diablo, rojo obviamente, con su característica cola y su tridente. Mirábamos la tarjeta fijamente durante unos cuantos segundos y después, el techo, si era blanco, mejor. Y ahí aparecía por unos escasos segundos.
Las amenazas eran crueles cuando los adultos consideraban que nos portábamos mal: cuando estés durmiendo, te va a llevar de las patas. Afortunadamente a mí no me afectaban esas amenazas y no es que me portara excelentemente, sólo no me sugestionaba, creo.
Pero volviendo al espejo del baño, me fascinaba el efecto que producía la vela debajo de mi cara. Y las sombras que aparecían detrás de mí.
https://corazondelarbol.blogspot.com/2021/11/el-drama-de-la-flama.html
No sé si fui pájara o lombriz
No sé si gota de viento o pincelada de Aurora
aquí llueve y fantaseo con detenerme
estar presente sólo en tintineos
de techos y olores de tierra
desviarme de los pasos seguros
que iba a dar
suspenderme para el resto
del mundo
me gusta tener a veces
la excusa de la lluvia
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Hoy me encontré con el álbum "Parque 9 de julio Lado B", fechado el 7 de diciembre de 2018.
Algunas fotos tomadas en forma compulsiva, otras producidas como verdaderas escenas y no faltan las que dan muestra de una franca búsqueda de experimentación.
¿Pudo caber tanta felicidad en un solo día, en unas pocas horas, en unos cuantos disparos?
¿O sólo son imágenes?